Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

martes, 21 de abril de 2015

Momentos de salida



 

            Una funcionaria administrativa de Enseñanza Secundaria fue la última alumna particular que tuvo antes de viajar a Venezuela.

            El gobierno había expulsado de todos los cargos de la educación formal a aquellos docentes y funcionarios que suponía colaboradores de Los Innombrables, como llamaban a los opositores al gobierno de facto que se había instaurado.

            —Sólo necesito pasar ese examen ―le dijo la joven―. Sé que no puedo estudiar si tú no me ayudas. Para eso te contrato.

Un par de días antes de su viaje fue a despedirse y a felicitarla, porque aprobó el examen con buenas calificaciones. Cuando iba llegando a la casa, vio unos camiones del ejército que pasaban.

            Por una rendija, la que dejaba la cadena de seguridad, asomó la cara de la muchacha. Se notaba como angustiada.

            – Acaban de allanarme, ¡vete! –dijo. Cerró la puerta. Sintió el pasó de llave.

            Nunca supo cómo terminó esa historia y nunca lo sabrá.

Supo, sí, de la intranquilidad que aquello le generó. Sobre todo en su salida del aeropuerto hacia el reencuentro familiar con su esposa que había logrado viajar antes, embarazada, y de su nueva hija, de seis meses, que aún no conocía.
 

           
Al fin viajaban. Partieron en dos autos de unos amigos.

            Hacía rato que estaba en el Aeropuerto de Carrasco. No llegaba el auto donde venían su hija y su suegra. Habían dado la orden de abordar. Su cabeza componía diversas historias, como pesadillas.           

Un funcionario vino a tranquilizarlo. El vuelo se retenía porque recibieron una llamada avisando que habían pinchado un caucho del auto, luego otro, pero estaban arribando en minutos.

            Cuando su hija y su suegra llegaron y juntos se dirigieron a abordar el avión, fueron aplaudidos por los familiares de los otros pasajeros. Como si todos hubieran descargado sus nervios al hacerlo.

            Su suegra y su hija avanzaron hacia la puerta de embarque, rapidito. Él terminó de despedirse y comenzó a avanzar por el largo pasillo.

            Oyó unos pasos acelerados detrás y unas voces que decían algo.

            Al voltearse vio un hombre alto que avanzaba casi corriendo. Lo seguían otros dos que parecían tratar de alcanzarlo.

            Cuando estaba por entregar sus documentos, el hombre alto lo pasó y se le colocó delante. Ambos mostraban su pasaporte al funcionario que atendía.

            Oyó detrás la voz de uno de los hombres que gritó:

—¡Ese señor no puede viajar!

            Él depositó su pasaporte sobre el mostrador, bajó su cabeza y no se dio vuelta. Sentía que estaba tan nervioso que podría generar sospechas.

Como su suegra y su hija ya habían abordado, más tranquilo, sólo pensó:
―O es él, o soy yo.

            Llegaron los dos militares de civil. Era por el otro. Y se lo llevaron. Por drogas.

            Cuando subió y se sentó en su puesto, ni siquiera miró hacia fuera.

            —¿Qué te pasa? Estás como asustado— le dijo su suegra que saludaba por la ventanilla del avión, hacia el grupo de amigos y familiares que se despedían. 
       
            —Nada. Después te cuento— respondió.
 
Texto: Armando Quintero. Trabajo realizado para la clase de Crónica del Prof.  Roberto Echeto, del Diplomado de Narrativa Contemporánea 2015. Imagen: pintura digital de Alejandro Silveira Bruno, tomada de su Facebook.

martes, 14 de abril de 2015

León Felipe pasó por mi pueblo





            Como si fuera la letra de un tango, con su filosofía de lo cotidiano,  algo nos dice que, cuando el tiempo pasa, muchas veces, los seres y las cosas se desdibujan, los hechos se distorsionan. Sin embargo, el recuerdo nos permite pasar todo de nuevo por el corazón.

            Así se me aparece, con una constancia casi infinita, la imagen del poeta español León Felipe visitando a mi pueblo, diciendo sus poemas en una nochecita de verano y luna llena.

Recuerdo a un viejo hombre vestido todo de blanco, con barbas y cabellos blancos, sombrero blanco y un elegante bastón negro.

¿Hablaba de la España dolorida, de su exilio y el de miles de españoles dispersos por el mundo? Sólo sé que decía. Y decía como un patriarca hebreo.

            Comparación que no es para nada extraña. En estos días, conversando con Bolívar Viana, un hermano del corazón, él me recordó que Tomás Cacheiro siempre comentaba:

―León Felipe parecía incapaz de matar una mosca pero, cuando se ponía a recitar sus poemas, se convertía en un verdadero león.

El poeta, además, amaba tanto su poesía que, cualquiera al oírlo quedaría convencido de que, en cualquier instante, se convertiría en palabras para volar con el viento.

            Es esa imagen de patriarca, con su sonoridad, la que se grabó por siempre en todo mi ser. Aunque, en aquel momento, la mirada que la registraba tendría unos cuatro años.

            Muchos años después, en una nochecita de verano de vinos y conversas, a las orillas del río Olimar –también con luna llena– Tomás Cacheiro nos contaría que, en ese recital realizado ante el público del Ateneo de Treinta y Tres, en Uruguay, el poeta, con todo el dolor de su ser errante, entró diciendo:

“Yo no tengo sillas

yo no tengo sillas

yo no tengo sillas donde sentarme”

            El Tata Zabalegui, empeñoso compañero, casi “analfaorejas” (Cacheiro dixit), que estaba en los primeros puestos de un auditorio repleto, se levantó con la silla en la que había estado sentado tomada firmemente entre sus manos de mecánico y se acercó, diciéndole:

—Sírvase Don León. Aquí tiene una.

León Felipe que, más que a la voz, escuchó a los latidos de ese corazón que no entendiendo lo que él estaba recitando, sin embargo, le demostraba estar casi loco de la posibilidad de ser solidario. Lleno de asombro, pero con la alegría, la ternura y la fuerza de la que era capaz, Don León le respondió:

—No me refiero a esa clase de sillas, compañero.

Y continuó con su recital poético.

El silencio creció.

Se hizo redondo y orondo.

Como la luna llena que iluminaba al pueblo.

Y a esa tardecita redonda y oronda de poesía.


Han pasado más de sesenta y cinco años, sin embargo, el recuerdo de la voz del poeta que pasó por nuestro pueblo aún se escucha en el corazón de muchos de nosotros.
 

Texto: Armando Quintero. Trabajo final realizado para la clase de Crónica del Prof.  Roberto Echeto, del Diplomado de Narrativa Contemporánea 2015. Corregida por el docente. Imagen: foto de León Felipe tomada de GOOGLE.

domingo, 5 de abril de 2015

¿Quieres contar cuentos?























Un regalo de Pascua a las personas interesadas en mi texto ¿Quieres contar cuentos?

Es un libro teórico-práctico publicado en la web que ha servido a muchos narradores orales.
Según el testimonios de varios de ellos que me han escrito desde Argentina, Chile, Colombia, Cuba, España, México y Venezuela.
Reúne gran parte del trabajo teórico práctico de mis seminarios realizados en la Escuelas de Educación y en la Escuela de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, desde 1989 a 2005. Y en los talleres básicos y de perfeccionamiento que comparto con los grupos Narracuentos UCAB y Cuentos de la Vaca Azul.
Inicialmente fue publicado en la página web de la Fundación Mendoza.
Luego en Analítica.com aunque ahora no aparecen en ese enlace.
 
Ahora aparece en el siguiente enlace:
Y lo pueden descargar.
 
Un gran agradecimiento y un cordial saludo a Germán Jaramillo Duque y a la Revista Digital Cirnaola: www.cirnaola.com/  quienes, ayer Sábado de Gloria me honraron con publicarlo.
 

jueves, 2 de abril de 2015

Dos textos sobre Felisberto Hernández



– ¡El Loco!...  ¡Vino El Loco!

Así le decían los muchachitos del pueblo a aquel hombre grande  que, cada tanto, llegaba a visitar a sus familiares y a algunos amigos de infancia que aún le quedaban en la ciudad del número masónico, Treinta y Tres del Olimar. Y, casi siempre, daba algún concierto en el Teatro Municipal.

– ¡El Loco ya llegó!

– Lo acabo de ver en la puerta de la casa de su hermano.

– Tiene que haber venido en la última Onda de la noche. Seguro.

            – Mi papá dice que él sólo viaja y vive en la oscuridad, que por eso tiene la piel tan pálida y hasta su cabellera es tan blanca.

– A lo mejor lo invitan para que toque en la escuela.

– En eso es bueno. Toca ese piano como loco.

Ninguno de los muchachos lo llamaban por su nombre.

O, no lo sabían. O les resultaba difícil pronunciarlo.

Sabían, eso sí, que era un concertista de piano famoso. No sólo en La Capital. Y que, además, estaba siendo reconocido por sus cuentos y novelas.

Sabían que se había casado como dos, tres o cuatro veces. Y otras tantas, también, se había divorciado. O casado de nuevo. O juntado. Como ahora.

Él entendía algunos de esos comentarios, no muchos.

Tampoco los compartía. No le gustaban. Y, menos, que le dijeran El Loco.

Recordaba que las veces que llegaba de visita a Treinta y Tres, aquel hombre pasaba por su casa a escuchar e intercambiar chistes con su tío, el hermano menor de su Padre, el que lo había llevado a conocer el mar. Las dos primeras veces lo hizo en la Estancia del 13, antes de que vinieran a vivir a la ciudad.

Siempre, además, los encontró muy parecidos en sus maneras de comportarse. Parecían dos niños grandes o dos adultos que nunca llegarían a crecer. Y eso se reflejaba a flor de piel, sobre todo en sus rostros. Como si un inquieto ratoncito permanentemente se les asomara, pícaro, por sus ojos, o por las comisuras de sus labios.

Sólo una vez lo escuchó tocar el piano. La música era tan bonita y delicada que él se durmió profundo. Recordaba que los fuertes aplausos, de los pocos asistentes al concierto, lo despertaron de un  sueño bien bonito. Y le gustó mucho.

– Me llevás esta bolsa a lo de Ismael Hernández –dijo su padre. Y se la dejás a quien te atienda. Y le decís que luego paso por el almacén de Ramos.

Le entregó una bolsa de arpillera que estaba amarrada con una piola. Llevaba algo pesado dentro. La cargó al hombro y se marchó.

Le costó subir las seis cuadras hasta la Escuela de Varones. Por la misma acera, en la cuadra siguiente hacia el Parque Colón estaba la casa de Don Ismael. Esquinado a la Inspección de Primaria.

Tocó el timbre. Esperó.

Miró por los pequeños vidrios de la puerta de entrada. Se veía luz adentro. Alguien estaba. Volvió a tocar el timbre. Una y otra vez.

Don Ismael estaría en Casa Ramos, era el encargado del Almacén de Ramos Generales. Pero alguien estaba allí.

– ¿Qué querés, gurí? –preguntó el hombre que asomó envuelto en una gran toalla blanca, con su cuerpo húmedo y su abundante cabellera blanca, bien revuelta y empapada. Parecía hasta medio enjabonada. Como su cuerpo.

– Mi Papá me pidió que le trajera esto a Don Ismael. Dijo que se lo dejara al que me atendiera y que luego él pasaba por la Casa Ramos.

El hombre se sonrió y le recibió la bolsa y entró a seguir su baño.

            Él se sonrió mucho más. Pensaba: “Ahora sí que parece un loco”.

            Unos gorriones picoteaban con sus inquietos vuelos y chillidos a aquella soleada tarde de diciembre de 1953. ¿O, era diciembre  de 1954?   

Unos años después, en una conversación luego de la Primer Feria del Libro, de Artesanías y Artes Plásticas realizada en la ciudad, en 1965 o 66, se dio cuenta que aquel hombre grande, blanco y casi enjabonado que había salido a atender a su insistente llamado de gurí, era Felisberto Hernández.

“A mí me pasó lo que vos mismo dijiste tan bien: ‘Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado ‘. Ahora llega el otro sueño, el de las dos de las mañana. Dejame que me despida con palabras que no son mías pero me hubiera gustado tanto escribirte. Te las escribió Paulina también de madrugada, como un resumen de lo que había encontrado en vos: Las más sutiles relaciones de las cosas, la danza sin ojos de los más antiguos elementos; el fuego y el humo inaprensible; la alta cúpula de la nube y el mensaje del azar en una simple hierba; todo lo maravilloso y oscuro del mundo estaba en ti.

Te querrá siempre

Casi lamenta que a estas últimas palabras las firmara Julio Cortázar en su “Carta en mano propia” de la edición de Novelas y Cuentos de Felisberto Hernández en la Editorial Ayacucho. Mucho le hubiera gustado haber sido él quién las escribiera.

Texto tomado del capítulo 32 del libro Cuando el mundo era tan pequeño que cabía en una tacita de plata.

 


Felisberto Hernández visitaba nuestra casa. Su hermano Ismael y mi padre eran amigos. Como lo eran mi Tío César y él. Quizás ellos mucho más. César era un buen “chistero” y Felisberto disfrutaba escuchándolo, reinventando y compartiendo con él los más variados chistes en calidad, novedad, intencionalidad y color. Pero también, anécdotas, vivencias y cuentos.

Las voces corrían, de algún modo corrían, para que se reencontraran. Cuando uno de ellos llegaba a Treinta y Tres, a pocas horas – a más, uno o dos días- el otro estaba ahí. Y la cosa se habría para ellos y los vecinos, los amigos. Las sesiones comenzaban a golpe de seis de la tarde, llegando a prolongarse hasta las seis de la mañana del otro día.

A los niños nos enviaban temprano a la cama. Qué era lo que hacía, cómo era que lo hacía, no lo recuerdo. Sé que normalmente lograba “quedarme dormido” en la sala, permitiéndome, a hurtadillas, presenciar la fiesta de esa otra oralidad, la del humor fácil, a veces banal y grotesco pero, también ágil e ingenioso. Sé que disfrutaba mucho – aún, sin entender los contenidos de lo que se decía- de las miradas indirectas; del rubor de las mejillas; de las manos que semiocultaban  los rostros, en movimientos de complicidad; de las risas entrecortadas, en especial, de las muchachas y mujeres asistentes ante algo abiertamente dicho o, generalmente, insinuado y; de las abiertas carcajadas y los comentarios finales, ante un chiste “exitoso”, o lo ingenioso del cómo se lo decía.

Cada sesión era una clase magistral. Y cuánto aprendía. Aprendía, sobre todo, que esa interrelación lograda con el público, era el producto de una serie recursos bien pautados, equilibradamente dosificados. Lo sé, ahora más, porque la reinvención de los mismos me han permitido coparticipar con mayor efectividad con “mi” público; han logrado que encuentre soluciones para abrir más puertas y ventanas a esa imaginación compartida; me han posibilitado leer en los otros, en el cómo voy con ellos, en el cómo estoy en ellos.

Pasaron como veinte años, que pueden ser muchos en términos de afectos; no habría hablado, ni sabía más nada de Felisberto Hernández, como él, seguramente, no supo nunca nada, absolutamente nada de mí. Pero vinieron los recuerdos. No sé por qué, pero estoy convencido de que llegaron con un “chiste bobo”.

Estábamos en Las Brisas – la confitería frente a la Plaza 19 de Abril en Treinta y Tres- conversábamos, cenábamos y reíamos con Tomás Cacheiro, Julio Macedo, Orfila Bardesio, Bolívar Viana, Manuel Sosa, Juán Baladán Gadea, y otros de los colaboradores y participantes de la I Feria de artesanías, libros y artes plásticas, recién culminada. Era el 13 de enero de l966.

Los recuerdos vinieron. Y trajeron otros, sorpresivamente, “como pidiendo significaciones nuevas, o haciendo nuevas y fugaces burlas, o intencionando todo de otra manera”([1]), según nos dejó escrito al comienzo de “Por los tiempos de Clemente Colling”, al referirse a ellos, que son el centro de gravedad, no sólo de toda esa novela sino, de la mayoría de sus textos.

¿Sería que el propio Felisberto quiso divertirse entre nosotros, a justo dos años de su supuesta muerte? Alguien lo mencionó. ¿Ficción? ¿Verdad? ¿Verdad poética? Lo cierto es que ahí vinieron los recuerdos. Sin quedarse quietos. Pueriles o importantes. Reclamando nuestra atención, intercambiando significados y reflejos. Protestando. Pero haciéndose uno con nosotros.

“Cada hombre es, con los otros y con su muerte a su imagen y semejanza”, habíamos asegurado un día, con un poco de juego y mucho de verdad porque, en el caso particular de Felisberto Hernández, teníamos forma de demostrarlo.

Julio Macedo y Tomás Cacheiro, en esa velada del 66, nos acercaron a algunas de las aventuras de ese escritor que escapó siempre a toda clasificación y a todo encuadramiento: a ese concertista que no se parecía ni siquiera a un concertista: a ese artista cuyo sentido del humor transformó en alegrías, ternuras y asombros las amarguras de una vida tejida de derrotas. Y, sobre todo, nos presentaron a su acompañante, casi su “sombra compañera”: su empresario y editor, disfrutador adelantado de sus conversaciones, sus anécdotas, sus chistes, sus vivencias y sus cuentos. Reidor abierto como un niño, pese a su cuerpo grande, muy grande. Con su inmensa y poblada barba oscura, su pronunciada calvicie, su desbordada musculatura, sus abundantes vellos que se veían en sus manos, o asomaban por el cuello de su camisa. Un verdadero Zeus tronante que se llamaba - ¡Cómo disfrutaría Felisberto de ello!- Venus; su acompañante, su amigo, fiel reflejo de su existencia: Venus González Olassa.

De pronto, ángel apasionado, Orfila Bardesio nos entregó un comentario: la leucemia que le aquejó generó una hidropesía que no permitió retirar su cuerpo por la puerta de la habitación donde falleció. Hubo que armar el ataúd dentro de la misma y se abrió un hueco en la ventana para poder descolgarlo con cuerdas. Comentario terrible, sino fuera la muerte de alguien que había vivido a contracorriente, de alguien capaz de “las más imprevisibles zarabandas mentales”, con un “surrealismo muy suyo, un proustianismo, un psicoanálisis muy suyo”, como nos escribió, años después, Italo Calvino al presentar su obra, en su primera edición italiana.

Texto tomado del libro ¿Quieres contar cuento?, capítulo 13, Recuerdo II



([1]) He creído conveniente transcribir el párrafo completo del texto de Felisberto Hernández mencionado, entre otras cosas, para disfrutar de cómo Julio Márez nos lo reinventa en su “Recuerdo”: “Los recuerdos vienen, pero no se quedan quietos. Y además reclaman la atención algunos muy tontos. Y todavía no sé si a pesar de ser pueriles tienen alguna relación importante con otros recuerdos; o qué significados o qué reflejos se cambian entre ellos. Algunos, parece que protestaran contra la selección que de ellos pretende hacer la inteligencia. Y entonces reaparecen sorpresivamente, como pidiendo significaciones nuevas, o haciendo nuevas y fugaces burlas, o intencionando todo de otra manera”.

Textos: Armando Quintero / Ilustraciones: Fernando Álvarez Cozzi, tomadas de su Facebook. Son el séptimo y el noveno de una serie de diez collages digitales basados en el cuento Las Hortensias de Felisberto Hernández.

martes, 31 de marzo de 2015

QUIEN ES AMIGO DE PEDRO INFANTE, ES AMIGO MÍO (segunda parte)




No fue a la única persona que se las oí pero, en mi infancia, mi abuelo del corazón, un día me dijo unas palabras como éstas:

―Si uno quiere conocer una ciudad, tiene que olfatearla bien, comer de sus platos típicos, caminarla por los lugares menos recorridos por los turistas y hablar con su gente.

Las recuerdo y valoro como un consejo para viajeros de un emigrante “viajado”.

No pretendo parodiar sus palabras, menos ser original, pero creo que, al menos en lo personal, conocer los olores, los sabores, los lugares menos convencionales de las ciudades que se visitan y su gente, es importante. Es como el abreboca de la tarjeta de presentación con la que luego hablaremos de ellas. Así, en la medida de lo posible, al consejo de mi abuelo del corazón lo cumplí con la enorme ciudad de “mis quereres”.

No olvido las recomendaciones sobre la altura, el clima y las contaminaciones sónicas y atmosféricas en una ciudad altamente contaminada como México D. F. que, como ya lo había dicho, nunca me afectaron aunque las viví en otros y las tuve que tomar en cuenta.

A una altura mayor a los 2.200 metros sobre el nivel del mar, es casi obligatorio el caminar lento –al menos, por los días iniciales- para evitar el soroche, mal de puna o mal de altura y los problemas de tensión. Por ello, hay que beber mucha agua y correr el riesgo de “la venganza de Moctezuma”.

Cargar con un abrigo y un paraguas es una rutina cotidiana por las variaciones del clima con lluvias, fríos,  calores y ventiscas inesperadas. La contaminación sónica es otra realidad viva  y me recordó un texto de Octavio Paz, que la sufría. Tanto como la reconocida contaminación atmosférica que se hace evidente en rostros, manos y fosas nasales. Los pañuelos quedan manchados de negro y el lavado de manos y rostro dejan las aguas turbias en  los lavabos. Esto se manifiesta tanto como que, al pasar de los días, se siente una picazón en la piel y se percibe el enrojecerse de los ojos y hasta un pequeño sangrado de la nariz que, en algunas personas puede ser muy molesto.

Pese a todo, aunque no lo parezca porque se percibe sobre el smog, México tiene un olor muy personal. Disfruté el sentirlo en las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde. Es un olor a maíz y picante mezclado con flores que la hace diferente a otras ciudades. Como el hotel estaba a metros de la Avenida Reforma, caminarla de un extremo a otro fue una rutina que aproveché numerosas veces y me permitió, entre otras cosas, olfatear lo ya señalado.

Probar los platos típicos, no los del hotel o los de las franquicias, fue el próximo logro.

Gracias a dos talleres básico de narración oral para educadores que venía dictando Francisco Garzón Céspedes en la Casa de la Cultura de Xochimilco, que inicié por deseo suyo como acompañante y luego terminé por dictarlos, pude saborear a ese México “lindo y querido”. Que no es sólo de sabores sino, también, de colores, aromas, formas y gente.

Nos habían recomendado que no comiéramos en los puestos de comida callejera pero, ¿cómo no romper lo señalado cuando los aromas se perciben al pasar y, sobre todo, te incitan?

Es una de las ciudades donde la cultura del maíz de los pobladores originarios de estas tierras está muy asentada y valorada. El descubrir en sacos de mecate los cuatro tipos de granos en sus mazorcas  (amarillo, rojo, blanco y azul) y ver a unas mujeres pilarlos fue un asombro que aún vibra dentro de mí. El oler y saborear las diferencias de las tortillas elaboradas con cada uno de ellos fue otro de los asombros que aún mantengo vivo. Con mucho gusto y disfrute, al recordarlos. Incluso, unido a otro sabor que probé, pese al malestar que por imprudencia, más bien por ingenuidad, pudo ocasionarme. Hasta con buen humor.

Fue en una de las callecitas transversales a la plaza que tuve mi primer “enchilada, como se le llama al efecto que provoca comer un ají picante, un chile. Que de ellos hay variedad.

En el receso entre un taller y otro, me dispuse a caminar para almorzar por la zona.

Pese a la hora, mediodía, con la intensidad del calor el olor a maíz y picante mezclado con flores era notorio. Y obvio: era un día de mercado en unas calles transversales de la zona.

Proliferaban muchos puestos: de verduras, hortalizas, frutas y flores; de comidas, con tortillas mexicanas, tacos, unas ollas de barro con mole y guacamole; los puestos de artesanía en oro, plata, cobre y cerámicas. Y, quienes atendían, mujeres, hombre y hasta niños vestidos con sus ropas típicas. Era una fiesta de formas, colores, aromas, sonidos y voces.

Me recordaron a los mitos de creación aztecas y a escenas de las películas Tizoc y Ánimas Trujano. Dos películas que recuerdo con afectos por sus historias, ambientes y actuaciones. La primera con Pedro Infante y María Félix, la segunda con Toshiro Mifune y Marga López.

Por pura ingenuidad, al ver a un chamaco de unos seis años tomar un trozo de pan canilla fresco, abierto como para sándwiches ―”Chiles jalapeños”, decía en un cartel cocido al saco donde estaban― y que, además, colocó dos de esos ajíes en el medio del pan y se los fue comiendo con total tranquilidad, recordé como me gustaba hacer eso en mi infancia con un trozo de pimiento, de morrón como se dice en Uruguay. E hice lo mismo que el muchachito.

Al primer bocado, no pasó nada. Pero, cuando estoy masticando el segundo sentí un ardor, como si me hubiera tragado una candela encendida. Y el malestar, sobre todo en el paladar superior, la nariz desde su base inferior hasta el punto entre los ojos y la frente.

― ¡Pos, señor, yo creí que usted tenía costumbre de hacer eso!― me dijo el vendedor de los chiles—. Mírese cómo está. Y me señaló a un pequeño espejo que tenía detrás. Mi boca, nariz y frente estaban rojas. Pese al malestar, me sonreí de mi propia ingenuidad.

—Ponga la mano así— me dijo, colocándola como si fuera a saludarme.

En el hueco entre índice y pulgar puso sal fina, a la que tuve que pasarle mi lengua y beber un trago de tequila que me alcanzó. El malestar pasó en momentos. Agradecí y le compré dos tacos mexicanos, que también vendía. Sin picante, por supuesto.

Texto: Armando Quintero Laplume  Foto de un vendedor de chiles jalapeños tomada de Google


sábado, 28 de marzo de 2015

QUIEN ES AMIGO DE PEDRO INFANTE, ES AMIGO MÍO (versión corregida)




Recuerdos de mi primer viaje a la Ciudad de México.

“Los recuerdos vienen, pero no se quedan quietos. Y además reclaman la atención algunos muy tontos. Y todavía no sé si a pesar de ser pueriles tienen alguna relación importante con otros recuerdos, o qué significado o qué reflejos se cambian entre ellos.

Algunos, parece que protestaran contra la selección que de ellos pretende hacer la inteligencia. Y entonces reaparecen sorpresivamente, como pidiendo significaciones nuevas o haciendo nuevas y fugaces burlas, o intencionando todo de otra manera.”

Felisberto Hernández, Por los tiempos de Clemente Colling.
  
Mi relación y amor por México es de vieja data. Son afectos no muy guardados: amorcitos y corazones que van y vienen, porque nunca se quedarán quietos en mis recuerdos.
En mi casa de Uruguay, en provincia, escuchar en la radio –la televisión aún no era una realidad conocida– las canciones de Pedro Infantes, Jorge Negrete, Pedro Vargas y Javier Solís, entre otros cantantes mexicanos, era tan diario y religioso como oír a Carlos Gardel, Los Panchos, el programa de Alejandro Casona y los partidos de fútbol.
A los ocho años, comencé con los domingos de matiné y aprendí a disfrutar, sobre todo, de Cantinflas y de Tin-Tan; a llorar y a reír con Pedro Infante y Blanca Estela Pavón, además, de María Eugenia Llamas, “La Tusita”, la niña prodigio del cine mexicano y de la  abuelita de esos años dorados, Sara García. Como de otras películas con la participación de Jorge Negrete y Luis Aguilar. Y, a partir de los doce, pude ver, ¡al fin!, las actuaciones de Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Silvia Pinal, Rosita Arena, Marga López y María Félix.
Luego, a finales de los cincuenta y en los sesenta, ávido lector, como era, con los Cuadernos Hispanoamericanos y los libros del Fondo de Cultura Económica, conseguidos en la Biblioteca Municipal de mi ciudad natal, en la del liceo o en las personales de algunos de mis maestros y profesores, descubrí a Alfonso Reyes, Octavio Paz y Juan Rulfo entre otros y valiosos escritores mexicanos. Y valoré el sincretismo cultural de ese siempre extraño país.
Conocer a México fue un sueño que logré alcanzar gracias al arte de narrar cuentos,  por mi participación en el Primer Festival Internacional de Narración Oral Escénica, que se realizó en las dos salas más importantes del CELARG y en varios espacios de Caracas. Fue un festival donde participaron por Colombia, Enrique Vargas, Alexis Forero, por Cuba, Mayra Navarro y Francisco Garzón Céspedes, director del evento; por México, la ya citada “Tusita” y Beatriz Falero, fundadora del grupo de Narradores de Santa Catarina, entre otros  prestigiosos artistas de esos países y de España, Costa Rica, México, Uruguay y Venezuela.
Luego de mi presentación, el 1º de agosto de 1989 –fecha que no olvidaré porque es el cumpleaños de mi madre– se me informó que, por propuesta de los compañeros mexicanos, se me invitaba al Primer Festival Internacional de Teatro de Ciudad de México. No estaría en programa, ya había sido publicado, pero –tremendo compromiso– sustituiría a María Eugenia Llamas, “La Tusita”, quién, por un serio problema de salud de su esposo, no podría presentarse. Tenía que conseguir el pasaje, solicitar los permisos a las instituciones donde trabajaba y prepararme para una estadía de veinte días de labores constante, de talleres para nuevos narradores, presentaciones colectivas e individuales, con pocos y esporádicos encuentros, la mayoría de soslayo, con una ciudad enorme, fascinante y misteriosa, donde el placer del viaje iba a estar –lo mejor que podía sucederme– en el encuentro personal, compartido, con el público mexicano sobre todas las cosas.
        Pero México, “lindo y querido”, valía mucho más que el sacrificio de una misa.
Emoción tras emoción mis recuerdos se acumulan y se atropellan, acelerados como los de Felisberto Hernández, para una crónica de un viaje para nada turístico sino de trabajo con las palabras que se dicen.
Nunca dejaré de recordar que dos razones me llevaron a pedirles a los compañeros mexicanos que al desembarcar del avión quería visitar, antes que hacer cualquier otra cosa, el Museo Nacional de Antropología: una manifiesta y pública, la deuda de sangre por el exterminio total de los primeros pobladores de Uruguay; la otra, personal y casi secreta, el reencontrarme con una pequeña  terracota tolteca que representa a la diosa de la fertilidad, sentada y con la boca abierta, la había visto cuando, con quince años, llegó al subte de Montevideo, en 1960, una muestra de muchas obras del museo mexicano y estuvo abierta por varios meses. Tampoco olvidaré que los compañeros, la aceptaron y apoyaron con creces.
Así se asoma, entre los recuerdos, como desde la ventanilla del avión, en primer lugar, el sobrevuelo sobre la enorme ciudad al arribar a plena luz del día. ¿Un regalo o una rutina del viaje? Fuera como fuera, resultó tan emotivo como lo fue el alojarnos en un hotel de cinco estrellas; o el escuchar las recomendaciones sobre la seguridad, la altura, el clima y las contaminaciones sónicas y atmosféricas en una ciudad altamente contaminada que nunca me afectaron, ni esta vez, ni en los otros tres viajes posteriores; y, luego de la entrega de la grilla, lo mágico de mi primera visita al Museo Nacional de Antropología que ocuparon las primeras horas de ese viaje. Un paseo al pasado que sólo se puede abarcar en una serie de jornadas.
De las otras horas y de los otros días se incluyen los olores, los sabores y los lugares de la ciudad. Pero, de los recuerdos, dos anécdotas sintetizan lo mejor de todo: una por la finalidad profesional del mismo, la otra, porque me muestra ese espíritu humano, humilde y solidario que, desde las canciones y el cine siempre he sentido y apreciado en el mexicano.
En mi primera presentación, en la Explanada de Xochimilco, tomé conciencia de dónde estaba y qué significaba narrar en espacios públicos de México: había que hacerlo con micrófono de cable ante una asistencia no menor a dos mil personas. Como era quien cerraba, los compañeros mexicanos me explicaron cómo manejarlo. Compartí, para darme confianza, sobre mi alegría de estar por primera vez en México, a partir de lo los recuerdos de infancia y adolescencia de los hablé al comienzo de la nota. Narré a continuación los dos cuentos que había elegido. Fui muy ovacionado. Es decir, había logrado superar al temido aparatico. 
Pero no dejaba de pensar que, al otro día, tenía una presentación con Francisco Garzón Céspedes, donde sustituía a La Tusita. Esa noche casi no dormí. Entré a la habitación, fui al baño, me quité la correa, tomé la jabonera e improvisé un micrófono de cable para ensayar. Recordar los movimientos de Rocío Durcal y de Juan Gabriel apoyaron mi movilidad escénica. Ya en el sitio, me sentí confiado con el micrófono.  Pero, la situación no parecía estar a mi favor,  el cable se trabó y, al jalarlo, hizo un giro muy pronunciado.
        ¡Eso, mi cuate! –gritó a voz en cuello alguien del público. Y calentó los ánimos.
A partir de ahí los veinticinco minutos pautados fluyeron con total naturalidad. Y, al finalizar, la intensidad de los aplausos me aseguró que lo había logrado de nuevo.
        ¿Dónde aprendiste a narrar con micrófono?– me preguntó Francisco Garzón.
        Anoche en el baño de la habitación, con la jabonera y la correa– le respondí.
La segunda anécdota tiene que ver con un taxista cuyo nombre, con dolor, lamento  haber olvidado. Él me llevó desde Xochimilco hasta Colonia Hidalgo, más de dos horas y media a marcha normal y sin colas, escuchando casetes de Pedro Infante.
Todo venía dentro del normal compartir entre un taxista y un pasajero, hasta que lo  convencional se rompió: oí la voz de Pedro Infante en “Amorcito corazón” y ello desató mis emociones y mi lengua. Al hombre le alegró que conociera tantas canciones de su ídolo. Cuando supo, al llegar al sitio, que tenía otras dos horas de espera, el taxista aparcó. 
        Siga escuchando –me dijo. Y colocó otro casete– Le faltan cuatro más.
        Pero, hombre, ¿qué hace? ¿No tiene que trabajar?
        Usted, quédese tranquilo que quien es amigo de Pedro Infante es amigo mío.
Desde ese instante, México se me hizo mucho más lindo y más querido.

Texto: Armando Quintero Laplume  Foto de Pedro Infante tomada de Google