Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

sábado, 28 de marzo de 2015

QUIEN ES AMIGO DE PEDRO INFANTE, ES AMIGO MÍO (versión corregida)




Recuerdos de mi primer viaje a la Ciudad de México
 

   “Los recuerdos vienen, pero no se quedan quietos. Y además reclaman la atención algunos muy tontos. Y todavía no sé si a pesar de ser pueriles tienen alguna relación importante con otros recuerdos, o qué significado o qué reflejos se cambian entre ellos.

   Algunos, parece que protestaran contra la selección que de ellos pretende hacer la inteligencia. Y entonces reaparecen sorpresivamente, como pidiendo significaciones nuevas o haciendo nuevas y fugaces burlas, o intencionando todo de otra manera.”

Felisberto Hernández, Por los tiempos de Clemente Colling.

   Mi relación y amor por México es de vieja data. Son afectos no muy guardados: amorcitos y corazones que van y vienen, porque nunca se quedarán quietos en mis recuerdos.
   En mi casa de Uruguay, en provincia, escuchar en la radio –la televisión aún no era una realidad conocida– las canciones de Pedro Infantes, Jorge Negrete, Pedro Vargas y Javier Solís, entre otros cantantes mexicanos, era tan diario y religioso como oír a Carlos Gardel, Los Panchos, el programa de Alejandro Casona y los partidos de fútbol.
   A los ocho años, comencé con los domingos de matiné y aprendí a disfrutar, sobre todo, de Cantinflas y de Tin-Tan; a llorar y a reír con Pedro Infante y Blanca Estela Pavón, además, de María Eugenia Llamas, “La Tusita”, la niña prodigio del cine mexicano y de la  abuelita de esos años dorados, Sara García. Como de otras películas con la participación de Jorge Negrete y Luis Aguilar. Y, a partir de los doce, pude ver, ¡al fin!, las actuaciones de Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Silvia Pinal, Rosita Arena, Marga López y María Félix.
   Luego, a finales de los cincuenta y en los sesenta, ávido lector, como era, con los Cuadernos Hispanoamericanos y los libros del Fondo de Cultura Económica, conseguidos en la Biblioteca Municipal de mi ciudad natal, en la del liceo o en las personales de algunos de mis maestros y profesores, descubrí a Alfonso Reyes, Octavio Paz y Juan Rulfo entre otros y valiosos escritores mexicanos. Y valoré el sincretismo cultural de ese siempre extraño país.

   Conocer a México fue un sueño que logré alcanzar gracias al arte de narrar cuentos,  por mi participación en el Primer Festival Internacional de Narración Oral Escénica, que se realizó en las dos salas más importantes del CELARG y en varios espacios de Caracas. Fue un festival donde participaron por Colombia, Enrique Vargas, Alexis Forero, por Cuba, Mayra Navarro y Francisco Garzón Céspedes, director del evento; por México, la ya citada “Tusita” y Beatriz Falero, fundadora del grupo de Narradores de Santa Catarina, entre otros  prestigiosos artistas de esos países y de España, Costa Rica, México, Uruguay y Venezuela.
   Luego de mi presentación, el 1º de agosto de 1989 –fecha que no olvidaré porque es el cumpleaños de mi madre– se me informó que, por propuesta de los compañeros mexicanos, se me invitaba al Primer Festival Internacional de Teatro de Ciudad de México. No estaría en programa, ya había sido publicado, pero –tremendo compromiso– sustituiría a María Eugenia Llamas, “La Tusita”, quién, por un serio problema de salud de su esposo, no podría presentarse. Tenía que conseguir el pasaje, solicitar los permisos a las instituciones donde trabajaba y prepararme para una estadía de veinte días de labores constante, de talleres para nuevos narradores, presentaciones colectivas e individuales, con pocos y esporádicos encuentros, la mayoría de soslayo, con una ciudad enorme, fascinante y misteriosa, donde el placer del viaje iba a estar –lo mejor que podía sucederme– en el encuentro personal, compartido, con el público mexicano sobre todas las cosas.
             Pero México, “lindo y querido”, valía mucho más que el sacrificio de una misa.
   Emoción tras emoción mis recuerdos se acumulan y se atropellan, acelerados como los de Felisberto Hernández, para una crónica de un viaje para nada turístico sino de trabajo con las palabras que se dicen.
   Nunca dejaré de recordar que dos razones me llevaron a pedirles a los compañeros mexicanos que al desembarcar del avión quería visitar, antes que hacer cualquier otra cosa, el Museo Nacional de Antropología: una manifiesta y pública, la deuda de sangre por el exterminio total de los primeros pobladores de Uruguay; la otra, personal y casi secreta, el reencontrarme con una pequeña  terracota tolteca que representa a la diosa de la fertilidad, sentada y con la boca abierta, la había visto cuando, con quince años, llegó al subte de Montevideo, en 1960, una muestra de muchas obras del museo mexicano y estuvo abierta por varios meses. Tampoco olvidaré que los compañeros, la aceptaron y apoyaron con creces.
   Así se asoma, entre los recuerdos, como desde la ventanilla del avión, en primer lugar, el sobrevuelo sobre la enorme ciudad al arribar a plena luz del día. ¿Un regalo o una rutina del viaje? Fuera como fuera, resultó tan emotivo como lo fue el alojarnos en un hotel de cinco estrellas; o el escuchar las recomendaciones sobre la seguridad, la altura, el clima y las contaminaciones sónicas y atmosféricas en una ciudad altamente contaminada que nunca me afectaron, ni esta vez, ni en los otros tres viajes posteriores; y, luego de la entrega de la grilla, lo mágico de mi primera visita al Museo Nacional de Antropología que ocuparon las primeras horas de ese viaje. Un paseo al pasado que sólo se puede abarcar en una serie de jornadas.
   De las otras horas y de los otros días se incluyen los olores, los sabores y los lugares de la ciudad. Pero, de los recuerdos, dos anécdotas sintetizan lo mejor de todo: una por la finalidad profesional del mismo, la otra, porque me muestra ese espíritu humano, humilde y solidario que, desde las canciones y el cine siempre he sentido y apreciado en el mexicano.
   En mi primera presentación, en la Explanada de Xochimilco, tomé conciencia de dónde estaba y qué significaba narrar en espacios públicos de México: había que hacerlo con micrófono de cable ante una asistencia no menor a dos mil personas. Como era quien cerraba, los compañeros mexicanos me explicaron cómo manejarlo. Compartí, para darme confianza, sobre mi alegría de estar por primera vez en México, a partir de lo los recuerdos de infancia y adolescencia de los hablé al comienzo de la nota. Narré a continuación los dos cuentos que había elegido. Fui muy ovacionado. Es decir, había logrado superar al temido aparatico. 
   Pero no dejaba de pensar que, al otro día, tenía una presentación con Francisco Garzón Céspedes, donde sustituía a La Tusita. Esa noche casi no dormí. Entré a la habitación, fui al baño, me quité la correa, tomé la jabonera e improvisé un micrófono de cable para ensayar. Recordar los movimientos de Rocío Durcal y de Juan Gabriel apoyaron mi movilidad escénica. Ya en el sitio, me sentí confiado con el micrófono.  Pero, la situación no parecía estar a mi favor,  el cable se trabó y, al jalarlo, hizo un giro muy pronunciado.
   –        ¡Eso, mi cuate! –gritó a voz en cuello alguien del público. Y calentó los ánimos.
A partir de ahí los veinticinco minutos pautados fluyeron con total naturalidad. Y, al finalizar, la intensidad de los aplausos me aseguró que lo había logrado de nuevo.

   –        ¿Dónde aprendiste a narrar con micrófono?– me preguntó Francisco Garzón.

   –        Anoche en el baño de la habitación, con la jabonera y la correa– le respondí.

   La segunda anécdota tiene que ver con un taxista cuyo nombre, con dolor, lamento  haber olvidado. Él me llevó desde Xochimilco hasta Colonia Hidalgo, más de dos horas y media a marcha normal y sin colas, escuchando casetes de Pedro Infante.
   Todo venía dentro del normal compartir entre un taxista y un pasajero, hasta que lo  convencional se rompió: oí la voz de Pedro Infante en “Amorcito corazón” y ello desató mis emociones y mi lengua. Al hombre le alegró que conociera tantas canciones de su ídolo. Cuando supo, al llegar al sitio, que tenía otras dos horas de espera, el taxista aparcó. 
   –        Siga escuchando –me dijo. Y colocó otro casete– Le faltan cuatro más.

   –        Pero, hombre, ¿qué hace? ¿No tiene que trabajar?

   –        Usted, quédese tranquilo que quien es amigo de Pedro Infante es amigo mío.

Desde ese instante, México se me hizo mucho más lindo y más querido.

 Texto: Armando Quintero Laplume  Foto de Pedro Infante tomada de Google

viernes, 13 de marzo de 2015

QUIEN ES AMIGO DE PEDRO INFANTE, ES AMIGO MÍO



 
           Recuerdos de mi primer viaje a la Ciudad de México

Armando Quintero Laplume


“Los recuerdos vienen, pero no se quedan quietos. Y además reclaman la atención algunos muy tontos. Y todavía no sé si a pesar de ser pueriles tienen alguna relación importante con otros recuerdos, o qué significado o qué reflejos se cambian entre ellos.


Algunos, parece que protestaran contra la selección que de ellos pretende hacer la inteligencia. Y entonces reaparecen sorpresivamente, como pidiendo significaciones nuevas o haciendo nuevas y fugaces burlas, o intencionando todo de otra manera.”


Felisberto Hernández, Por los tiempos de Clemente Colling.

Mi relación y amor por México es de vieja data. Son afectos, amorcitos y corazones, que se acumularon desde la infancia al escuchar las canciones de sus mejores intérpretes en la radio, que fueron creciendo en la matiné de los domingos, en el cine de la adolescencia e  inicios de la madurez, y completados con las lecturas de sus mejores escritores (1). Conocer a México, al fin, fue un sueño alcanzable gracias al arte de narrar cuentos, sin dudas.
En el Primer Festival Internacional de Narración Oral Escénica, que se realizó en el CELARG de Caracas luego de mi presentación, el 1º de agosto de 1989 – fecha que no olvidaré porque es el cumpleaños de mi madre – se me informó que, por propuesta de los compañeros mexicanos, estaba invitado al Primer Festival Internacional de Teatro de Ciudad de México. No estaría en programa, ya había sido publicado, pero –tremendo compromiso– sustituiría a María Eugenia Llamas, “La Tusita”, quién, por un serio problema de salud de su esposo, no podría presentarse. Tenía que conseguir el pasaje, solicitar los permisos a las instituciones donde estaba trabajando y prepararme para una estadía de veinte días de trabajo constante, con pocos y esporádicos encuentros, la mayoría de soslayo, con una ciudad fascinante, donde el placer del viaje iba a estar – lo mejor que podía sucederme –en el encuentro personal, compartido, con el público mexicano sobre todas las cosas.
Emoción tras emoción mis recuerdos se acumulan y se atropellan, acelerados como los de Felisberto Hernández, para esta crónica de un viaje para nada turístico sino de trabajo con las palabras que se dicen. Así se asoma, en primer lugar, el sobrevuelo sobre la enorme ciudad al arribar a plena luz del día, ¿un regalo o una rutina del viaje?; tan emotivo como lo fue el alojarnos en un hotel de cinco estrellas; o el escuchar las recomendaciones sobre la seguridad, la altura, el clima y las contaminaciones sónicas y atmosféricas en una ciudad altamente contaminada que nunca me afectaron, ni esta vez, ni en los otros dos viajes posteriores; y, luego de la entrega de la grilla, la primera visita al Museo Nacional de Antropología, condición que había solicitado y ocuparon las primeras horas de mi viaje (2).
De las otras horas y de los otros días se incluyen una visita al Zócalo y a la Catedral que vimos por fuera, estaba en remodelación por los daños sufridos en el terremoto de 1987, cuyos vestigios se notaban en muchos espacios y edificios, tanto como en las palabras y en los ojos de algunos compañeros que nos hablaron de él; una cena en Plaza Garibaldi, escuchando mariachis; el ir donde La Lupita, Nuestra Señora de Guadalupe, imagen que, como la de La Chinita o La Gioconda, me resultó pequeña porque, sin quizás, las dimensiones de su idealización la agrandaron en mi mente; unas escapadas a Lagunilla, el mercado de pulgas, donde hay que ir a primera hora y, sobre todo, aprender a regatear; como, también, el conjunto de las dos o tres presentaciones diarias en numerosos espacios como la plaza de Santa Catarina, el Zoológico de Chapultepec, el Museo Nacional de Antropología, el Palacio de Bellas Artes, incluida, porque no, una presentación en un reclusorio de menores de alta peligrosidad. Pero, de los recuerdos, dos anécdotas sintetizan todo el viaje: una por la finalidad profesional del mismo, la otra, porque me muestra ese espíritu humano, humilde y solidario que, desde las canciones y el cine siempre he sentido y apreciado en el mexicano.
En mi primera presentación, en la Explanada de Xochimilco, tomé conciencia de dónde estaba y qué significaba narrar en espacios públicos en México: había que hacerlo con micrófono de cable ante una asistencia no menor a dos mil personas. Como era quien cerraba, los compañeros mexicanos me explicaron cómo manejarlo. Compartí mi alegría de estar en México, para darme confianza, a partir de lo que aparece en la nota (1). Narré a continuación los dos cuentos que elegí. Fui muy ovacionado. Lo había logrado.  Pero no dejaba de pensar que, al otro día, tenía una presentación con Francisco Garzón Céspedes, donde yo sustituía a La Tusita. Esa noche casi no dormí. Entré a la habitación, fui al baño, me quité la correa, tomé la jabonera e improvisé un micrófono de cable para ensayar. Recordar los movimientos de Rocío Durcal y de Juan Gabriel apoyaron mi movilidad escénica. Ya en el sitio, me sentí confiado con el micrófono pero el cable se trabó y, al jalarlo, hizo un giro muy pronunciado.
        ¡Eso, mi cuate! – gritó a voz en cuello alguien del público. Y calentó los ánimos.
A partir de ahí los veinticinco minutos pautados fluyeron con total naturalidad. Y, al finalizar, la intensidad de los aplausos me aseguró que lo había logrado de nuevo.

        ¿Dónde aprendiste a narrar con micrófono? – me preguntó Francisco.

        Anoche en el baño de la habitación, con la jabonera y la correa – respondí.
La segunda anécdota tiene que ver con un taxista que me llevó desde Xochimilco hasta Colonia Hidalgo, más de dos horas, escuchando casetes de Pedro Infante. Le emocionó  que yo conociera tantas canciones. Cuando supo que tenía otras dos horas de espera, aparcó. 
        Siga escuchando – me dijo. Y colocó otro casete – Le faltan cuatro más.

        Pero, hombre, ¿qué hace? ¿No tiene que trabajar?

        Usted, quédese tranquilo que quien es amigo de Pedro Infante es amigo mío.

Notas

(1)     Es que, en mi casa, desde que tengo memoria, en la radio – la televisión aún no era una realidad conocida – se escuchaban las canciones de Pedro Infantes, Jorge Negrete, Pedro Vargas, Javier Solís, Luis Aguilar, Antonio Aguilar, Agustín Lara, Lola Beltrán, Flor Silvestre y Toña La Negra. Ello era tan diario y religioso como escuchar a Carlos Gardel, Los Panchos, el programa de Alejandro Casona y los partidos de fútbol. A los ocho años comenzaron los domingos de matiné con un marcado predominio de películas aztecas. Y uno aprendió a disfrutar de Cantinflas y de Tin-Tan, a llorar y a reír con Pedro Infante y Blanca Estela Pavón donde, además,  aparecía la niña prodigio de esos años dorados, La Tusita, María Eugenia Llamas, y la abuelita más conocida de todos los tiempos, Sara García. U otras películas con la participación de Jorge Negrete, Luis Aguilar y muchos de los cantantes citados. Y, a partir de los doce años, disfrutar de algunas películas, acompañado de nuestros padres, con Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Silvia Pinal, Rosita Arena, Marga López y María Félix. Luego, a finales de los cincuenta y en los sesenta, ávido lector, como era, con los Cuadernos Hispanoamericanos y los libros del Fondo de Cultura Económica, conseguidos en la Biblioteca Municipal de mi ciudad natal, en la del liceo o en las personales de algunos de mis maestros y profesores, descubro a Alfonso Reyes, Octavio Paz y Juan Rulfo entre otros y valiosos escritores mexicanos.
(2)     Dos razones me llevaron a pedirles a los compañeros mexicanos que al desembarcar del avión quería visitar, antes que hacer cualquier otra cosa, el Museo Nacional de Antropología: una manifiesta y pública, la deuda de sangre por el exterminio total de los primeros pobladores de Uruguay; la otra, personal y casi secreta, el reencontrarme con una pequeña  terracota tolteca que representa a una diosa de la fertilidad, sentada y con la boca abierta, la había visto cuando, con quince años, llegó al subte de Montevideo, en 1960, una muestra de muchas obras del museo mexicano y estuvo abierta por varios meses. Eran, son y serán partes importante de mis afectos, de mis amorcitos y corazones. Ellos lo supieron valorar y apoyar, por eso, pude cumplir a cabalidad con ambas razones.
Texto: Armando Quintero / Imagen del Museo Nacional de Antropología de Ciudad de México D. F.

martes, 10 de febrero de 2015

Un río que sigue nutriendo nuestra vida


Foto del río Cebollatí a la altura de Paso Avería, actualmente, Puente Tomás Cacheiro.
Fue tomada del Facebook Tomás Cacheiro por Ana Lía (su nieta).

Semblanza de Tomás Cacheiro Sánchez (1)

          Tomás Cacheiro: cacharro, barro y fuego. Docente, maestro, ceramista. Decidor, combativo, inconforme, risueño y serio, con el humor a flor de piel, como siempre, afortunadamente. ¿Religioso de tan ateo? Caudal de hombre. Dios antiguo vitalmente renovado y desatado. Disfrutador de mesas, del “bon vin” y la vineta, con hongos asados, calamares rebosados o caracoles, por él mismo preparados. Gustador de atardeceres acompañado de Bach, Mozart, Albéniz o Vivaldi. Amigo. Hermano. Hacedor de generaciones de docentes. Padre. Abuelo. Hemingway no de mar, de tierra adentro. Una y otra vez – en estos años de distancias, no de olvidos- uno vuelve a sentir cómo fluye la vida por sus venas, por sus músculos, por sus vellos; en el brillo de sus ojos; en el sonido de su voz de diablo viejo. Una y otra vez uno vuelve a verla, a oírla, a olerla en su cuerpo semidesnudo nadando por el río; remando en sus aguas; arrastrando los troncos de sus orillas; moviendo el barro de sus barrancos; creando sus cerámicas, tan imposibles de paciencia, tan a fuego lento en sus cocidas o, simplemente, descansando a la sombra de los árboles, al rumor de los vientos y las sonoridades del río. Sacudiendo su energía que, más que de un Olimar, es de un Cebollatí crecido. Una y otra vez, a la luz y al tiempo, uno lo vuelve a escuchar depositando preguntas como frutos, como flores, como hojas recién nacidas para asombrarnos con su inefable persistencia por lo vivo. Una y otra vez: renovando como siempre la alegría, la ternura y la capacidad de asombro de todo ser humano que son, en él, más poderosas que las muertes, las separaciones y las dudas. Más vivas que la propia vida.
 

        Corría diciembre de 1985. Los militares uruguayos no hacía mucho que “acababan de salirse”. Decidimos visitar a los amigos. Regresar, quizás, a despedirnos. Por ello me había acercado a Paso de Averías, a la casa de nuestro padre en lo intelectual, Don Tomás Cacheiro Sánchez, a orillas del Río Cebollatí. Saludarle era el pretexto para reencontrarme con él, apretar esas manos que hacen maravillas, tocarle el corazón con el que se acerca a uno, más allá de “los lejos” (2).

Entre conversa y conversa, había comenzado a hablarme de su compadre - ¿Aguilera?- que ya estaba viejo, que había llegado a aquel pueblo hacía ya muchos años, muchos antes que él. Que tomó su parcelita de terreno a orillas del río, frente a frente con la suya. Que construyó su casa y le cultivó sus tierras. Y ahí se había quedado. Que no se le conocía familia. Ni la había hecho en aquel pueblo. Buen vecino. Apreciado. Vivía solo. Y ahora, viejo, nadie lo heredaría. Y era bueno el lugar que había elegido... Fue entonces que a un vecino – me agregó- se le ocurrió la idea: inventó un rumor y lo venía haciendo caminar: había comenzado por contar de la aparición de un lobizón, ese hombre que, en la oralidad uruguaya, se transforma, los viernes a la luz de la luna de la medianoche, en el primer animal que se le aparece a su vista. El vecino aseguraba, luego, que debía de ser el compadre Aguilera. Que él no lo había visto. Pero, que no había otra razón para vivir algo alejado del pueblo. Tan cerca del río. Para venir de otro lado, sin familia conocida. Quedarse solo. En pleno monte. Y que esto. Y que lo otro. Y que lo de más allá. Y lo de más acá. Estando en eso -¡oh, maravillas!- vemos atravesando el puente sobre el río al hombre del rumor. Cacheiro me hizo una seña y cambió de tema. Lo dejaba venir. Conociéndole sabía que algo le había preparado. El otro se acercó. Saludó y comenzó a hablar como en secreto. A contarnos lo del lobizón. Lo que pensaba de Aguilera. Cacheiro como que le medía las palabras, hasta que le dijo:

-   ¿Por qué no lo mata?

-   ¡...!

-   Claro – agregó- es un peligro para el pueblo.

-   Pero ¿Tan buen vecino? Además, si averiguan. Habría problemas con la policía.

El vecino del rumor no entendía, todavía, por dónde lo iba atrapando Cacheiro, quien lo cercó, diciendo:

-   ¡Ah!, si es por eso, bastaría con transformarlo. Usted se pesca un bagre, el próximo viernes de luna llena en la madrugada. Trata de mantenerlo vivo. No es difícil. Se va con otros vecinos. Para que haya testigos. Le guinda el bagre a la puerta de la casa. Cuando lleguen las doce de la noche golpean la puerta y se esconden. Al salir, lo primero que verá será el bagre y se transformará en él. Luego, basta con dejarlo morir boqueando... La policía informará: “Muerte natural”.

El otro, ahí sí que lo entendió.

Y se fue, callado, como con el rumor ya muerto entre los labios.

El río Cebollatí seguía corriendo, aguas abajo.

La vida, también corría. 

(1)   En GOOGLE hay suficiente información sobre Tomás Cacheiro y en YouTube un video en el cual puede apreciarse parte de sus obras en cerámica y madera y algunos dibujos.

Recomiendo los siguientes enlaces:



letras-uruguay.espaciolatino.com/muniz_lucio/tomas_cacheiro.htm
 


blogs.montevideo.com.uy/blognoticia_12733_1.html

 
(2)   Semblanza tomada y reelaborada de la que aparece en mi libro ¿Quieres contar cuentos?, bajo el título: "Recuerdo III". El texto fue leído en el homenaje al ceramista en la ciudad de Treinta y Tres al año de su fallecimiento y recogido como Testimonio en el libro Rescate de la memoria cerámica en el Uruguay (2009 M. González, R. Rubio y C. Zorrillla).
 

domingo, 25 de enero de 2015

Tres anuncios sobre nuestras actividades más próximas

 
Serán dos actividades: de 10 am a 12 m y de 2 pm a 4 pm.
En el Auditorio Principal de la Universidad.
 
 
El Parque se ubica en la 7ª Avenida y la 7ª Transversal de Altamira, diagonal al Colegio Cristo Rey.
 

 
La plaza del Estudiante está frente a los módulos 2 y 1 de la Universidad.
 
Los avisos fueron realizados e ilustrados por Armando Quintero

viernes, 9 de enero de 2015

Sobre los cuentos inéditos de GARABATO

 
En estas vacaciones disfruté escribiendo e ilustrando una serie de cuentos rimados que compartí con varios amigos como un regalo de Navidad, de Año Nuevo o de Reyes.
El personaje principal de las historias, Garabato, es una creación de Nicolás Ignacio, mi nieto, con quien estuvimos jugando en la computadora. De Nicolás Ignacio, que acaba de cumplir tres años y diez meses, en el primer envío, adjunté una foto reciente y su dibujo  original.
Como también el video que realizamos por los 21 años de la canción La vaca azul de Don Simón Díaz quien nos la brindara en 1993, como un regalo para los festejos de nuestro sexto aniversario, cuando participábamos en su programa "Contesta por Tío Simón", en el antiguo canal 8.
Los Cuentos de Garabato son unos cuentos-juegos rimados. Un reto que me propuse y que, algunos de los amigos que los recibieron, respondieron con comentarios muy interesantes. Hermosos en lo emotivo y en lo crítico. Comparto con ustedes uno de ellos porque creo desarrolla con detalles las intensiones y los logros de la propuesta. Y, además, hay unas sugerencias a tener en cuenta.
Lo comparto con ustedes y con alguna editorial que pueda mostrarse interesada en publicarlos.
Ya hay cinco terminados y unos tres más en proceso. De momento quisiera llegar a una docena.
Los libros enviados a los amigos fueron:
Garabato quiere un gato
Garabato cuida un nido
Garabato va a visitar zonas salvajes
Garabato viaja en el tiempo
Garabato tiene una noche de campo. 

 

Queridísimo Armando:
 
¡Hermosísimo tu nieto! Vi otras fotos en la página de La Vaca Azul. Se parece a tí. En serio. Tiene algo tuyo en los ojos, en los pómulos, en el gesto de la boca,  además de la dulzura que emanas. Siempre he pensado que eso de catalogar nuestros sesenta y pico en "la juventud prolongada" es un eufemismo, pero no en tu caso. Más que "juventud", es infancia procesada desde la larga experiencia de un adulto que, pese a vivencias negativas, nunca permitió que la amargura arrugara su alma. 

Comparo el rostro de tu nieto con tus cuentos: ambos tienen la tersura  sana de los frutos de la tierra que se arrugan y pudren cuando la amargura humana los deja envejecer. Tus cuentos, como los niños recién nacidos y bien criados huelen a manzana fresca, a cambur recién pelado, a guayaba en proceso de maduración, también a cilantro, a orégano y a tomillo cultivados en el huerto casero. 

En cuanto a tus cuentos ilustrados, tienen un altísimo componente lírico. Evocan muchísimo de lo que no se explicita. Más que "apreciar" con sentido crítico, admiro la articulación del texto de cada lámina con su respectiva ilustración y la coherencia de ambos en el sentido global del cuento.

 Por otra parte, algunas de tus ilustraciones, independientes del cuento, son en sí mismas poéticas, evocadoras de lo no explícito en la imagen, es decir, simbólicas de una trascendencia. Se me ocurre que podrías hacer una exposición sólo de tus ilustraciones. Tienen algo de Miró (otro niño-adulto), pero mucho más de tí, de tu concepción de la pintura que no prescinde totalmente de la figuración. En este caso podrías asignarle un título a cada ilustración o proponer en la red un "juego estético" para que cada uno de tus seguidores le otorgue un título a la ilustración. 

 Bueno. Supongo que esta otra  sugerencia ya se te ocurrió, pero quiero expresártela: 

 Como creo que tu vocación apunta a compartir todo lo que estéticamente puedes dar, además de estimular la creatividad en los niños, pienso que una buena propuesta podría ser presentarle a los niños alguna de tus ilustraciones descontextualizadas del cuento, quizá con un título puesto por tí o por ellos mismos, para que ellos, a partir de la ilustración... inventen un cuento.
 
 Gracias sinceras  por estos adjuntos. Aunque no lo creas, en mis clases de Teoría Literaria en la UCAB utilizaré, dándote los créditos, por supuesto, algunas de tus ilustraciones para explicar los temas que tienen que ver con poesía, metáfora y connotaciones. 

  M. R. 
 P.D. 1: Perdona el retraso en la respuesta. Mi "juventud prolongada" causó un leve problema artrítico en mi mano izquierda y... ¡soy zurda! Pero gracias al tratamiento ya puedo teclear con facilidad. 
P.D. 2: Siempre te relaciono con "La piedra que arde" de Galeano. Antes de escuchártelo a tí se lo había comprado a mi hijo y muchas veces lo leímos juntos. Pero mejor "suena" cuando lo oralizas. 
P.D. 3: Por favor: sigue trabajando por enviar un mensaje de fruta fresca, sana, humana, transparente, solidaria, a todos los que vivimos en este país, para que no se nos se nos arrugue  el alma hasta el extremo de la podredumbre.  
 
Algo más sobre tus cuentos
 
En mi largo correo anterior olvidé comentarte algo sobre la Literatura Infantil:
 
Como tú sabrás más que yo, este género puede ser altamente explotado por inexpertos que creen que los niños son, y perdona la expresión, tarados, minusválidos mentales. Entonces, por ahí hay textos que tienden, y de nuevo, perdona la expresión, a "estupidizarlos", a congelar o a aletargar, con idioteces "disney" o japonesadas animadas  su potencial creatividad.  
 ¡Pero es que la ciencia ha logrado que hasta los niños que nacen con alguna deficiencia mental puedan desarrollar su capacidades!
 
 Entonces y a lo que voy: tanto tus cuentos como tus ilustraciones... No estupidizan a los niños, no los estancan, sino los estimulan al máximo.
 
 Abrazos, abuelo orgulloso

María del Rosario Jiménez Turco

La autora de estas palabras, conocida y reconocida docente, es la Directora del Postgrado de Literatura Venezolana de la Universidad Central de Venezuela, donde la conocí. Dicta Teoría Literaria en la Escuela de Letras de la UCAB y fue una de mis profesora en el Diplomado de Literatura Infantil de la Universidad de Oriente. Fuimos, además, tribunal en algunas tesis de pre y postgrado de la UCAB entre 1991 y 2005, cuando dictaba los Seminarios de Literatura Infantil y Narración Oral y Literatura de la UCAB.
Las ilustraciones pertenecen a los libros de Garabato citados con anterioridad.

viernes, 12 de diciembre de 2014