Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

miércoles, 12 de febrero de 2014

Clarissa y el mar


           


            Allá, como a treinta y tres grados al sur, en un país pequeño que es como un corazón patas arriba, allá nació Clarissa.
            Clarissa muge y sonríe bajo la sombra de un árbol y mira hacia el horizonte.
            - Un lugar como éste no hay –piensa Clarissa.
            Y la vista se le pierde, lejos, entre pastos tiernos y frescos de tan verdes.
            Allá donde vive Clarissa hay un río.
            Que para algunos es como muy pequeño para ser un río. Pero, para todos, es enorme por sus cuentos, poemas y canciones.
            A veces Clarissa mira hacia los tres puentes que atraviesan el río de su mundo. Y piensa: - “Hay lugares en los que se nace para irse”.
            Pero se queda allí como pasajera del tiempo.
            Y escucha entre sueños pasar los trenes.
            Un día un pajarito se posó sobre su cabeza.
            - Nuestro río tiene las olas grandes –le dijo Clarissa por hablarle.
            - Tan grandes como las del mar –comentó el pajarito.
            Clarissa le dijo que no había visto nunca al mar.
            Y el pajarito le cantó los sonidos de las olas del mar y le habló de sus playas, de los puertos, los barcos y los veleros que llegan y se van.
            - ¿Qué más? –preguntó Clarissa.
            Y Clarissa oyó de las aguas del mar, de su sabor salado lleno de peces, pulpos, calamares, camarones y de caracoles. También de los tiburones y de sus vientos y mareas.
            - ¿Qué más? –volvió a preguntar Clarissa.
            El pajarito miró los ojos de Clarissa y recordó la mirada ausente de un marinero que andaba caminando tierra adentro, lejos del mar.
            Y fue cuando le contó el encuentro de Odiseo con las sirenas.
            Y ahí quedó Clarissa enamorada del mar. Y de los cuentos.
            - ¿Qué la pasa a ella? –se preguntaban las hermanas.
            - ¿Qué bichito la ha picado? –se preguntaba su mamá.
            - ¿Qué hace esa vaquita loca? –preguntó el toro rojo que la vio pasar. ¿Será contagioso lo que tiene?
            - Espero que sí -pensó Clarissa.
            Es que Clarissa, de sólo pensar en el mar, se colorea de azul.
            Y se llena de cuentos. Desde las ubres al piquito de su risa, desde el cielo claro de su regazo azul hasta los cachitos amarillos de su cabeza.
            Cuando así le ocurre Clarissa se va a recorrer su mundo y el de los otros.
            Y comienza a abrir puertas y ventanas en el corazón de todos.
Texto: Armando Quintero (versión para EKids) / Foto de los tres puentes del Río Ulimar: Andrés Tuerca

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